El vuelo de las cometas

El vuelo de las cometas

Cuando llega la hora azul a Hong Kong, el cielo se apaga, los aromas a carne picante y a especias exóticas ascienden por el aire, las estrellas se transforman dentro del vaho tibio, se iluminan las calles de oro; y a los pies de los caóticos edificios, atestados de máquinas cuales madrigueras en colmenas, fluye el rojo de la fiesta y suenan los tintineos celestiales de las luces de neón.
El corazón de la ciudad, Kowloon City, late henchida de vida efervescente, con voces alegres y otras violentas, surtida de intensos pitidos que, en las alturas del descomunal bloque de apartamentos Check Bo House, se transforman en un rumor, casi casi en una áspera música que acuna al fatigado Guo Zhao Wun, quien se acuesta rememorando la risueña mirada de Shui Tsei, apenas unos minutos antes, despidiéndose con un gesto al vuelo de la mano; la elegancia de los cisnes en sus dedos y la seducción del cerezo en las uñas… Y, otra vez más, se esconde bajo las sábanas sin tener el valor de decirle, antes de que su negra melena se pierda tras la puerta del apartamento vecino, que su corazón late por ella.
Eres quien lleva las personas a su destino

Eres quien lleva las personas a su destino

Antecro
El taxi que conduce, recompuesto con piezas nuevas, le ha hecho olvidar el fatal accidente que truncó su existencia. No obstante, sigue llevando a gente sin rostro a un destino baldío.
Sus manos tiemblan en el volante. El frío siempre rodea las sombras que suben al asiento de atrás.
Cuando termina el último viaje, lleva el taxi al garaje central. Entrega el puñado de peniques de oro al capataz y se toma una copa en el bar.
—Pareces abatido —le dice una voz carente de gracia.
—Salud.
Y ahoga su soledad en una ensoñación hacia la próxima jornada, donde el taxi le espera en una nocturnidad que no termina.
Wo ai ni 我愛你

Wo ai ni 我愛你

Kana pinta flores al óleo tras las cortinas de su habitación. La luz del sol se tiñe de los colores de los bordados que traspasa y destella sobre los lienzos en las paredes.
Aris, que es un diminutivo de su nombre, destaca en deportes y a veces se pelea con chicos. Le encanta atravesar la ventana de su habitación de un salto, deslizarse por el tejado del porche y aterrizar en la calle.
Cada mañana va a buscar a Kana a su casa. Cuando toca el timbre, el sonido le produce cosquillas, sólo porque es el preámbulo a la dulzura de una voz que adora:
—¡Ohayō! —saluda Kana.
—¡O-ha-yō! —le saluda ella también, riendo con cada sílaba.
De camino al instituto, Kana juega a saltar las baldosas de par en par. Aris se atreve a hacer piruetas que dejan en vilo a los transeúntes.
A media bajada se paran. Una hace un giro arabesque de balé, la otra, se pone en posición de bateo.
—Estamos ridículas —dice Kana.
—Totalmente ridículas. ¡Tienes el cuello torcido!